lunes, 19 de enero de 2009

El desván de la historia espera a Bush


Aunque es posible que cuente con el perdón de Barack Obama, que ha respondido a las peticiones de investigar a Bush diciendo que su instinto le aconseja "mirar hacia adelante y no hacia atrás", W. Bush parece un personaje condenado para siempre al desván de la historia estadounidense y goza de un rechazo casi unánime en el mundo -quizá se pueden excluir algunos países asiáticos y otros africanos, favorecidos por la ayuda norteamericana a la lucha contra el sida.
El peso de dos guerras inacabadas, si no perdidas, y la peor crisis económica que ha conocido el mundo caen sobre su gestión de una manera tan demoledora que es difícil rebuscar en otros ámbitos de su presidencia los logros que, al menos, atenúen el calificativo de peor presidente de la historia. La página web de la Casa Blanca ha hecho un resumen de los ocho años de Bush en el que intenta destacar lo positivo. Se menciona lo del sida, una reforma educativa conocida como No child left behind que recibió algunos aplausos en su primer año de mandato, pequeños avances en el seguro público de salud y retórica sobre la expansión de la libertad en Irak y Afganistán.
La guerra contra el “terrorismo” ha marcado como ninguna otra circunstancia la gestión del 43º presidente de Estados Unidos. En nombre de esa guerra, para la que, en un principio, contó con un enorme apoyo dentro y fuera del país, esta Administración quebrantó los principios de la Constitución de tal manera que todavía hace sonrojar a sus propios compatriotas. Los episodios de la prisión de Abu Ghraib, Guantánamo, las cárceles secretas de la CIA, las escuchas sin protección judicial, las torturas... ponen trágicamente el sello sobre esta presidencia.

Bush ha conseguido sumarle al deshonor la incompetencia
Incompetencia o negligencia son términos que nos remiten inmediatamente al manejo de la tragedia del Katrina, donde el crédito que le quedaba al presidente se hundió junto a los casi 2.000 norteamericanos muertos.
Pero su más importante y polémica decisión como gobernante, la guerra de Irak, es el mejor y más completo ejemplo de la gestión de Bush. Al error inicial sobre la inexistencia de armas de destrucción masiva (aceptando la palabra de Bush de que todas las agencias de espionaje del mundo creían, como él, que Sadam Husein las escondía), se sumó una calamitosa cadena de decisiones tácticas equivocadas, desde la disolución del Ejército iraquí hasta el cálculo sobre el número de tropas, que convirtieron Irak en un infierno en el que murieron decenas de miles de civiles iraquíes y más de 4.200 soldados norteamericanos.
El desastre militar de Irak no era más que la consecuencia de la división y la falta de liderazgo dentro de la propia Administración en Washington. Superado por una situación a la que intentó ponerle énfasis patriótico pero que nunca supo gobernar, Bush cedió de hecho el poder a Dick Cheney, quien se convirtió en el vicepresidente más influyente de la historia, y fue incapaz de imponer su autoridad en los enfrentamientos continuos entre las principales figuras del Gabinete. Donald Rumsfeld, secretario de Defensa durante seis años, siempre ignoró a Colin Powell y Condoleezza Rice, los dos secretarios de Estado, y construyó por su cuenta un centro de poder ideológico en el Pentágono con Douglas Feith y Paul Wolfowitz, que irritó y marginó a los militares. Mientras, el principal asesor de Bush, Karl Rove, aumentaba su poder en la sombra y convertía la presidencia en una fortaleza ante el acoso del Congreso y de los medios de comunicación.

Mucha fachada pero poco valor, además de una vida de complejos
Para ser el matón que a veces decían, aceptó con mucha diplomacia las exigencias de China y de Rusia en numerosas circunstancias. Y para ser el bastión antiterrorista de que presume, se ha ido dejando a Irán más cerca de poseer capacidad nuclear. Sus principios liberales no fueron impedimento tampoco para utilizar los recursos del Estado en el rescate del sistema financiero, a fin de contener una crisis económica que acabó por arruinar del todo su legado.
George Bush nunca se manifestó con espontaneidad. No era el escogido por su padre para extender la saga familiar de presidentes ni renunció a la vida frívola de un niño rico hasta que se le encendieron las luces de alarma por el exceso de alcohol. Después consiguió ser en Tejas un político cálido y cercano que despertaba simpatías entre el ciudadano común. Esa imagen quedó rápidamente borrada en la Casa Blanca, a la que llegó con mal pie gracias a una decisión del Supremo para desempatar unas elecciones en las que Al Gore se impuso en el cómputo global de votos, aunque perdió por unos pocos el decisivo Estado de Florida; cuando mañana Bush aborde el Marine One para emprender rumbo a Crawford, la imagen más cercana será la de Richard Nixon agitando la mano en aquel famoso adiós en medio del bochorno general.